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Cámaras de acción y 360

Cuántos puntos de vista para una visita inmersiva

5 min de lecturaL'équipe Fox Rider
Panorama esférico de un interior abovedado, con el suelo curvado por la proyección de 360 grados

La primera pregunta que me hacen sobre una visita inmersiva casi siempre es la equivocada: «¿cuántas fotos hacen falta?» La buena cabe en una línea: ¿dónde debe poder situarse su visitante? Una visita inmersiva no es un álbum, es un recorrido hecho de estaciones. Cada toma de 360 grados crea un sitio donde la mirada puede posarse y girar. Lo que se cuenta, por tanto, no son imágenes: son posiciones dentro de la vivienda.

Un punto de vista es un sitio donde uno puede situarse

El visitante no se desplaza libremente: salta de una estación a la siguiente haciendo clic. Entre dos estaciones no ve nada. Ahí está toda la diferencia con un vídeo, donde la cámara avanza y se ve el camino. Aquí el camino es una serie de saltos, y cada salto debe entenderse: desde la estación de partida hay que adivinar dónde se va a aterrizar.

De esa regla se deriva todo lo demás. Una estación se coloca donde se ve de dónde se viene y adónde se puede ir. En un volumen alto, abierto y atravesado por circulaciones, eso lo cambia todo: la mirada llega lejos y una sola toma suele bastar para entender el espacio entero.

Gran volumen acristalado atravesado por una escalera, visto desde el pie de los peldaños

La regla de partida: una toma por habitación

Una toma por habitación, colocada más o menos en el centro, da una visita que se sostiene. Es un mínimo, no un objetivo. En una vivienda corriente, se añade una estación cada vez que ocurre una de estas cuatro cosas.

  • La habitación supera la treintena de metros cuadrados o está acodada: desde el centro, una parte queda tras un muro.
  • Conviven dos usos: un salón que también hace de despacho, una cocina abierta a la mesa.
  • La habitación tiene una vista que importa. Desde el centro la ventana queda lejos; se pone una segunda estación a dos pasos de ella.
  • Se entra por dos puertas distintas. Una sola estación no puede servir ambas llegadas de forma legible.

Esos cuatro casos no se cuentan en metros cuadrados, se cuentan en ángulos muertos. Una vez allí, la manera de decidirlo cabe en un gesto: uno se pone en el sitio previsto, gira lentamente sobre sí mismo y busca lo que no ve. Si queda un lienzo de pared, un hueco o una puerta fuera de vista, falta una estación. Si no, no falta ninguna.

La altura: la variable que se ajusta una vez y para siempre

A igual posición, dos alturas de toma no cuentan la misma habitación. Demasiado baja, los techos aplastan y las encimeras se vuelven muros; demasiado alta, se sobrevuela la vivienda y esta encoge. La altura de los ojos de una persona de pie es la única que da al visitante la sensación de estar allí. Se ajusta en el primer punto de vista y ya no se mueve: una visita cuyas estaciones cambian de altura marea a los tres saltos, y ningún programa arregla eso después.

Los tres sitios que siempre se olvidan

Escalera curva de zanca clara contra una pared naranja, sin nada alrededor

El primero es el umbral: la estación de entrada, tomada desde la puerta, de espaldas a la calle. Es la que da al visitante la sensación de llegar a algún sitio, y sin ella la visita empieza en medio de la nada. El segundo es el rellano de la escalera. Una escalera no es un pasillo: cambia de nivel, y un salto de una planta a otra sin estación intermedia desorienta a cualquiera. El tercero es el distribuidor, ese cuadrado de dos metros que reparte tres puertas y que nadie considera una habitación; y sin embargo es ahí donde el visitante elige adónde ir.

Los tres tienen algo en común: no son habitaciones, son articulaciones. Se saltan cuando se razona en habitaciones que mostrar, y siempre aparecen cuando se razona en un camino que recorrer. Por eso también coloco las estaciones en el orden en que alguien visitaría de verdad la vivienda, partiendo de la puerta de entrada, y no en el orden en que el anuncio enumera las estancias.

Dónde una toma más se vuelve una de más

Multiplicar estaciones no enriquece la visita, la ralentiza. Dos tomas separadas un metro muestran lo mismo y aun así obligan al visitante a elegir. Un salón legible de un vistazo no necesita tres posiciones: necesita una, bien colocada, y un enlace claro a la habitación siguiente. El peso también cuenta: cada estación es una imagen muy pesada de cargar, y una visita que se arrastra se cierra.

Salón de piso en esquina, con dos ventanales y un sofá blanco en L

Se decide sobre un plano, no en el pasillo

Plano de planta baja dibujado a tinta, muros macizos y una hilera de estancias

Antes de sacar nada, marco las estaciones sobre un plano; basta con un croquis a mano alzada. Lleva diez minutos y evita los dos errores clásicos: la habitación tomada dos veces y el rellano olvidado, que solo aparecen en el montaje, cuando la vivienda ya no es accesible. Un plano permite además decir una cifra por adelantado y, por tanto, hablar del mismo trabajo que usted. Es el único documento que pido cuando existe; cuando no existe, lo dibujamos juntos al llegar.

Si prepara usted mismo la captación, dos lecturas ayudan de verdad: cámara 360 o cámara de acción para saber qué sabe hacer cada familia con un lugar, y el palo invisible, sin el cual el operador acaba en medio de cada estación. El trabajo empieza de verdad tras la grabación: montar un vídeo 360 dice con franqueza lo que exige a una máquina. Y si prefiere que alguien venga a hacerlo, describa el inmueble en una solicitud de servicio inmobiliario: el número de puntos de vista lo fijamos juntos sobre el plano.

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